De la granja a tu jarrón: La historia detrás de una flor local.

En la era del consumo consciente, saber de dónde provienen nuestras flores es un acto de respeto y aprecio. Cuando elegimos flores locales, no solo estamos optando por la frescura y la calidad, sino que estamos eligiendo apoyar a pequeños productores[^1] y reducir la huella de carbono asociada al transporte internacional.

La Ruta del Cempasúchil: Un ejemplo perfecto de esta conexión es la flor de Cempasúchil. Más allá de ser un símbolo del Día de Muertos, su cultivo en zonas cercanas a la Ciudad de México o en estados como Puebla, genera una cadena de valor que sostiene a familias enteras. Al comprar flores de temporada, participamos en esta economía local y celebramos un ciclo de vida que está ligado a nuestra geografía.

Frescura Incomparable: Una flor que viaja poco es una flor que dura más. Una rosa mexicana que pasó menos de 24 horas del campo a tu jarrón, versus una que viajó en un avión desde otro continente, tendrá una hidratación y una vida útil significativamente superiores. El diseño floral sostenible empieza con esta elección simple pero poderosa.

Como el gran artista Francisco Toledo, que siempre trabajó con los materiales de su tierra para crear arte con profunda identidad, nosotros podemos usar la flora local para crear belleza con conciencia. Es un compromiso con el diseño responsable y con la celebración de los talentos y la riqueza de nuestra tierra.

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[^1]: Datos consultados del INEGI sobre la producción floral mexicana y el impacto en la economía local, destacando el valor de la flor de corte de productores nacionales.

INEGI. Estadísticas de la Producción Agrícola en México. (Para consultar cifras sobre el valor de la floricultura nacional).

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